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[Entrevista] Cecilia Kang, directora de “Mi último fracaso”

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BAFICI es el mayor evento dedicado al cine independiente a nivel regional y la ventana para el público cinéfilo local que busca conocer la actualidad del cine de vanguardia coreano. En la 18º edición de este año, Cecilia Kang presentó su primer largometraje “Mi último fracaso” en la sección de Competencia Oficial Argentina. Se trata de un documental sobre ella misma, otras mujeres coreanas en la Argentina y la cuestión de la identidad de ellas en un contexto de dualidad cultural. CAEMCA la entrevistó y he aquí las palabras de Cecilia.

No es común ver jóvenes cineastas en la comunidad coreana, menos dedicada a la dirección de un largometraje de tipo documental, como en tu caso. ¿Cómo te iniciaste en este arte?

Desde chica tuve intereses más vinculados al arte. Siempre tuve curiosidad en las distintas áreas: la música, la plástica… Al terminar la secundaria, y luego de haber vivido una experiencia que me cambió la forma de ver el mundo, decidí tomar valor y estudiar algo que realmente me gustase. El cine de alguna forma vinculaba todas las artes que me gustaban, transformándose en una nueva forma de lenguaje, muy compleja y vasta. Eso me interesaba. Estudié primero escenografía para cine y teatro, ya que yo venía vinculada más por las artes plásticas, y luego gané un concurso de guiones de corto en el Centro Profesional de SICA (Sindicato de la Industria Cinematográfica) y así pude dirigir mi primer cortometraje. A partir de esa experiencia de dirigir por primera vez, entendí finalmente que mi vocación, o mi mayor deseo, era el de dirigir cine. Así es como hice el ingreso a la carrera de Realización Cinematográfica en la E.N.E.R.C. Aprobé el ingreso y allí es donde hice mis estudios formales de cine.

Hubo varias películas estrenadas en BAFICI que, directa o indirectamente, tocaban el tema de los inmigrantes coreanos. El primer caso fue “Don’t cry for me Argentina”, una ficción, y entre las últimas está “Una canción coreana”. ¿Viste las películas?

Lamento mucho no haber podido ver ninguna de las dos películas. La primera, “Don’t cry for me Argentina”, recuerdo que aún era adolescente, yo conocía al director, era un gran “oppa” y un gran “sonbae”. Saber que una persona coreana, viviendo en Argentina, pudiera hacer una película fue para mi una noticia y un estímulo muy grandes. Lo admiraba. Todavía lamento al día de hoy no haber podido ir a verla. Recuerdo que no conseguí entradas porque estaban todas agotadas. En su momento fue un orgullo saber que una persona coreana, que pertenecía a la misma colectividad que yo, estuviera haciendo eso.

Luego, tampoco tuve la oportunidad de ver “Una canción coreana”. Sé que la directora es una mujer argentina y obviamente es muy grato saber que la sociedad argentina se interesa cada vez más en nuestra cultura y nuestra colectividad. No pude ver la película pero soy fanática del restaurant, y sé que lo atiende la protagonista de ese film, que es una mujer encantadora y amable. Obviamente, si alguna vez tengo la oportunidad de ver ambos films, lo haría sin dudar. Siempre es muy interesante ver las distintas miradas sobre un mismo tema y las distintas formas de tratarlo. Para mí, hacer este film fue un proceso muy personal y el cual me llevó muchos años realizar, en su momento no quise contaminarme de otros puntos de vista, quería ser lo más fiel y honesta posible con mi forma de ver las cosas, con mi propia subjetividad.

En entrevistas anteriores hablás acerca de prejuicios y tensiones tuyos a la hora de hacer el documental. ¿A qué te referías específicamente? ¿Qué nuevas respuestas encontraste a esas inquietudes realizando el documental?

Cuando hablo acerca de prejuicios y tensiones me refiero a esas contradicciones que se generan cuando uno crece con dos culturas diametralmente opuestas, la occidental y la oriental. A su vez, a esa tensión se le debe sumar la cuestión que redefine a nuestros padres: el desarraigo. Mis papás llegaron con mi hermana a principios de los 80s a este país. Ellos, como tantos otros padres coreanos que comenzaron una nueva vida acá, dieron lo mejor de sí para brindarles a sus hijos las mejores posibilidades que ellos no pudieron tener en su propio país. Sin embargo, no tenemos que olvidar que la mayoría de las personas que inmigraron a la Argentina, abandonaron Corea a fines de los 70’s y principio de los 80’s, con un promedio de edad de 30 años. Estos adultos fueron criados bajo conceptos culturales de una Corea mucho más conservadora y patriarcal que la presente, sumado a grandes consecuencias socio-económicas de la Corea de post-guerra. Ellos vivieron una porción de la historia muy dura, sin dinero, a veces sin siquiera tener arroz para comer, y tuvieron que sobrevivir a todo ello. Yo creo, y esa es una opinión personal que traigo con mi propia experiencia, que todos aquellos elementos definieron mucho a la generación de mis padres. Tienen un fuerte valor sobre el trabajo y otro valores muy importantes que todo el mundo debería respetar y aprender, pero a su vez tienen otros valores que hoy en día, en una sociedad actual y globalizada, son antiguos y hasta contraproducentes: el rol de la mujer profesional, la estructura de la familia moderna, la relación de trabajo y calidad de vida, entre otros.

Yo creo que si bien los valores que tiene la generación de mis padres pueden resultar antiguos y conservadores, eso es debido a que ellos tuvieron que combatir el desarraigo de su propia tierra. Ser extranjero, ser un otro en el lugar donde se vive, es un sentimiento que se debe vivir en carne propia para poder contarse. Sólo al ver a mis padres, que tuvieron que atravesar tantas dificultades en sus vidas, me hace comprender que la única forma de poder construir una nueva vida acá, era la de transplantar sus raíces coreanas para volver a plantarlas en esta nueva tierra. Sí, eso implica un montón de contradicciones, contradicciones que pueden jugar en contra a las generaciones más jóvenes, pero que de alguna forma también nos ayudan a comprender de dónde venimos y quiénes somos. Desde formar una familia, buscar una profesión, todas esas decisiones que uno en la vida tiene que tomar, son de alguna manera atravesadas por el aprendizaje social y cultural que la familia de uno le inculca. Esas son las preguntas que traté de hacerme mientras realizaba este documental, frente a mis propias contradicciones que vivía siendo hija de padres coreanos, pero viviendo acá en Buenos Aires. Muchas de las decisiones que tomé en mi vida no son para nada la que esperaban mis padres de mí, pero al fin y al cabo pude construir una vida posible, más adecuada a mis propios deseos que quizás a lo que “se esperaba de una hija coreana”. Eso fue un aprendizaje no sólo para mí sino también para ellos. Yo creía que nunca iba a poder comulgar con esas dos caras de mi vida, pero el tiempo me enseñó que si, que es posible. Que se pueden atravesar las imposiciones sociales, con educación y aceptación. Yo lo vivo personalmente, y también conozco personas que lo hacen en su día a día. Quería que mi película pueda hablar sobre estos temas, sobre esa gente. Pensar y reflexionar sobre estos temas, y sobre la importancia de la vida, que es única. Frente a tantas adversidades en el mundo, es importante apreciar lo que uno quiere en la vida, y luchar para conseguirlo. La película retrata la vida de mujeres muy cercanas a mí, que luchan día a día para poder vivir sus vidas soñadas. Quería transmitir el coraje y la valentía que ellas me transmiten a diario. Con ellas aprendí mucho de mi propia vida y hacer este documental de alguna forma me ayudó a poder escribir sobre estas ideas y sentimientos que guardaba en mi interior.

El público respondió positivamente en el BAFICI. ¿Cómo fue la reacción de los coreanos radicados en el país?
Yo tenía mucho miedo realmente por la reacción del público coreano. Pero me equivoqué, y estoy agradecida por ello. La mayoría de la gente que vino a las funciones eran personas más jóvenes, realmente tuvimos un feedback muy bueno y positivo. Por ejemplo, una conocida vino al día del estreno y al día siguiente me había escrito un mensaje en Facebook, contándome lo mucho que a ella le había emocionado el film y que le encantaría poder compartirlo con más personas, para que pudieran entender cómo era nuestro mundo. Ese mensaje me conmovió un montón, ya que son esas las razones que justifican la locura que implica tantos años de trabajo. Ese mensaje fue como un premio para mí, saber que la película pudo llegar al público, invitarlos a reflexionar, a emocionarse. Ese es el mayor premio siempre.

Tu primer largometraje fue un documental. ¿Qué proyectos futuros tenés en mente?
Ahora estoy con dos proyectos, dos largometrajes de ficción. Uno es un guión original de Virginia Roffo, que es la guionista con la que trabajo, llamado “Las Flores”, que trata sobre la crisis de una mujer que llega a sus cuarentas. El otro proyecto, es un proyecto más ambicioso que estoy escribiendo. Es una largometraje de ficción que retrata las vicisitudes de una familia coreana que inmigra a este país. El título de este film se va a llamar “El hijo mayor”.

¿Algo que quieras decirle a la comunidad coreana?
A la generación de nuestros padres, darles las gracias. Por habernos criado, por darnos las oportunidades que ellos quizás no tuvieron. También que nos tengan paciencia, que no teman vernos crecer, a pesar de que eso implique hacer cosas distintas.
A los jóvenes, que no tengan miedo. El miedo paraliza y censura. Y a la larga, tampoco es bueno para salud. Cumplan sus sueños. Se puede trabajar de algo que a uno le guste de verdad. Estudien, alimenten la curiosidad de conocer más sobre el mundo, que es infinito en sus posibilidades. Sean honestos consigo mismos y con los seres que aman. 


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