‘TEBAN’ relata su vida, llena de sorpresas...
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La oficina de Thet Studio se encuentra en pleno barrio de Belgrano, casi en la esquina de Av. del Libertador y La Pampa. Ocupa un piso entero, y al entrar se nota casi de inmediato el ambiente descontracturado que reina en el lugar: hay botellas de licores sobre un parlante, posters con frases en las paredes, y un llamativo dinosaurio fucsia en una de las esquinas. “Es la mascota del estudio para el año 2017”, cuenta Teban Kim, uno de los fundadores de la agencia, mientras se acomoda en la silla y pone a sonar rock. Con una camisa arremangada, que deja al descubierto un tatuaje que le cubre la totalidad del brazo derecho, Teban relata su vida, llena de sorpresas, pero atravesada por una misma pasión: la música.
-Naciste en Seúl, vivís en Buenos Aires y pasaste toda tu infancia en Ushuaia. ¿Cómo fue que recalaste en esa ciudad?
-Es la gran pregunta de mi vida. De chico nunca me importó por qué mi papá llegó a Ushuaia, nunca anduve indagando mucho. Pero de grande empecé a averiguar, porque es un gran enigma. Él era contador y en ese tiempo tenía un comercio, una especie de cantobar que en ese momento estaban muy de moda. Él cuenta que en un momento los impuestos eran altísimos, y justo su mejor amigo se había ido a Asunción, Paraguay y decía que era un lugar maravilloso, con pocos impuestos. Él decide agarrar una familia con tres hijos, dejar todo, e irse a Latinoamérica. Una locura total. De todas formas, junto con mis dos hermanas mayores tratamos de atar cabos para entender un poco, porque tenemos dudas de por qué se fue si él era un profesional y tenía un buen pasar en Seúl. Sin embargo, al llegar a Asunción mi papá se decepcionó completamente de la ciudad. Ahí hubo un conflicto entre mis padres, porque mi mamá quería volver y mi papá no, ya que no podía volver con la cabeza gacha. Así que empezó a hacer una investigación para decidir a dónde llevaría a su familia. No sé cómo hizo que descubrió Ushuaia y llegó ahí. Fue a buscar la familia y nos fuimos todos para allá. Definitivamente hubo algo que lo marcó y dijo “quiero que mis hijos crezcan acá”.
-¿Costó adaptarse a la nueva ciudad y a una cultura totalmente distinta?
-Llegar ahí fue como empezar de vuelta. Yo creo que a mis padres les costó mucho más adaptarse porque no hablaban el idioma y tenían que generar trabajo para mantener a tres chicos. Ellos fueron los que la pasaron más difícil, porque yo tenía cuatro años y me adapté fácilmente, aprendí el idioma muy rápido, al igual que mis hermanas. Además, al ser un pueblo tan chico tampoco sentí que me marginen.
-A la hora de elegir qué estudiar, vos viniste a Buenos Aires y estudiaste diseño gráfico. Hay un cierto mandato en la colectividad, en la que hay que seguir lo que hacen los padres. En tu caso, ¿hubo resistencia por parte de tus padres?
-A mí me pasó una cosa particular: mis viejos fueron mucho más flexibles porque crecí en un contexto totalmente distinto al de Buenos Aires y al de una colectividad. Mis padres me dieron bastante flexibilidad, aunque intervinieron bastante en el tema de la educación porque ellos querían que fuera a una escuela técnica, debido a que son más completas. Pero al llegar a tercer año me cambié al bachiller. Creo que no estuvo de acuerdo, pero lo aceptó. Y eso es un parámetro de lo flexible que era. Creo que tuve más conflicto con mis padres con el tema de la música que con el de la educación, porque tuve una adolescencia muy emparentada con todo lo que tenía que ver con eso y mi papá no lo entendía. Escuchaba los Sex Pistols, The Clash, The Cure. Pero en definitiva, más allá que no le gustaba mucho, él siempre me acompañó en eso y de cierta manera avalaba eso, siempre y cuando no deje de estudiar. Allá en Ushuaia no había muchas universidades y lo que se solía hacer era terminar el colegio secundario y venirse a Buenos Aires a estudiar o a Córdoba, o a La Plata. Ahí estaba el acuerdo que tenía con mi viejo, yo terminaba el colegio y venía a Capital a estudiar. Lo bueno era que una de mis hermanas se había ido antes a La Plata a estudiar diseño gráfico, así que ya había una persona afuera de Ushuaia. El tema era que yo, desde los trece o catorce años, ya sabía qué quería hacer en Buenos Aires: ser estrella de rock. No me importaba qué es lo que iba a estudiar. Yo iba a triunfar en la música. Estaba completamente convencido de que iba a ser así.
-Sin embargo, cuando terminaste el colegio no fuiste a Buenos Aires, sino a Corea.
-Cuando termino el quinto año del colegio surge la oportunidad de ir a Corea a hacer un curso de cuatro meses en la Universidad Nacional de Seúl para aprender coreano. Esa universidad es la más importante y es imposible entrar porque tiene muchas solicitudes de ingreso y el examen es difícil. Y había una facilidad de gente como yo, que venía de otros países, de hacer un curso ahí y tener un examen mucho más liviano que el chico coreano que se crió ahí y que estudió toda su vida. Primero me lo ofreció mi papá, pero yo estaba completamente en desacuerdo porque no me importaba aprender el idioma o conocer los parientes. Fue mi mamá la que me convenció, porque había evitado hacer el servicio militar obligatorio que había en esa época en la Argentina. Ella me dice “no hiciste el servicio militar, que dura nueve meses. Andá a Corea y hacé el curso como si fuera la ‘colimba’”. Y me fui. Me iba por un curso de cuatro meses y me quedé un año. Fue muy conmovedor. Me gustó, quise seguir viviendo ahí y tener experiencias con todo lo que tenía que ver con la cultura coreana y conocer a mis parientes. Me marcó bastante. Fue muy loco: fui con muy pocas ganas, pero se terminaron esos cuatro meses y no me quise volver, le dije a mi padre que me iba a quedar a hacer el curso que duraba un año, hasta le dije que tal vez hacía el examen y entraba en la Universidad Nacional de Seúl. Sin embargo, en un momento decidí volver porque sentí el desarraigo de estar lejos de casa. Había dejado cosas atrás y quería estar en Argentina con mi familia. Me parece que fue un momento bisagra en mi vida, donde cambiaron muchas cosas. De pronto empecé a aprender algunas cosas que me inculcaba mi viejo. Una de esas es “Tenés que saber de dónde venís, para saber a dónde vas.” Eso tiene muchísimo que ver. Si yo quiero ir para este lado, pero no sé de dónde vengo, nunca voy a llegar. Y eso de no saber de dónde vengo tiene que ver completamente con mi cultura.
-¿Ese viaje te permitió enderezar el rumbo y poder encausar tus ambiciones?
-No, básicamente lo más importante fue que hice las paces conmigo mismo. Yo hasta ese momento detestaba todo lo coreano y lo oriental. En casa me hablaban en coreano pero yo no le respondía. Tenía obviamente un gran conflicto con lo oriental, no quería saber nada, y por ende me autoboicoteaba. El prejuicio de pensar que era distinto por ser oriental. Tuve grandes dilemas al principio, cuando empecé a vivir en Buenos Aires, cuando me cruzaba con otros coreanos. Pero con el tiempo le he dado la razón a mis padres al decirles lo bien que hicieron al apoyarme y convencerme de que vaya allá porque fue una excelente experiencia.
-Empezaste estudiando diseño gráfico en la Universidad de Belgrano, pero al poco tiempo te cambiaste a la Escuela Panamericana de Arte. ¿Qué fue lo que te llevó a cambiar de universidad?
-No me sentí cómodo con el ambiente. Era un momento en donde la Universidad de Belgrano era lo más exclusivo que había. De hecho iba Zulemita Menem, la hija del presidente de aquel entonces, Carlos Menem. Ahí vuelve el tema de la educación: mi papá había averiguado que la mejor facultad era la Universidad de Belgrano. Mucha gente de la colectividad viene con la cultura que hay que juntar mucha plata para ir a la universidad. En Estados Unidos o en Corea es así, pero acá es gratis. La Universidad de Buenos Aires es lo mejor. Y eso es increíble. Mi viejo tal vez no entendía tanto eso, y buscó cuál era la universidad privada mejor, le dijeron que era la de Belgrano, y justo ese año empezaba el primer año de la carrera de diseño gráfico. Fui a hacer el curso de ingreso, pero no me gustó. Pero un día venía caminando y de pronto choco con un edificio gigante con un dibujo de La Gioconda. Era la Escuela Panamericana de Arte, una verdadera escuela de arte emblemática de los años ’60. Me acuerdo de haber visto publicidades en las revistas de rock que leía, pero no tenía ni idea dónde quedaba. No volví más a la Universidad de Belgrano. A mis padres no le dije nada y me inscribí por mi cuenta. El ambiente y los compañeros que tuve eran la antítesis de lo que eran en la Universidad de Belgrano: era mucho más artístico. Eso me marcó totalmente y me marcó el rumbo.
-Pero a la hora de trabajar, lo hiciste en lugares que apostaban a lo digital, caso de Clarín y el estudio Moebius. ¿Por qué pasaste de una escuela de diseño gráfico a sitios de internet?
-Eso se dio de una manera lógica por cambios en los tiempos. Justo me estaba por recibir, y como sabía que quería vivir de la música, quería un trabajo part time. Lo encontré en un centro de copiado por Cabildo donde tenía que hacer impresiones, diseño de tarjetas, folletos para casas de comidas y cosas por el estilo. Pero en un momento mi papá tuvo que vender casi todo debido a un problema económico, y entre eso estaba el departamento en donde vivía. Me quedé en la calle y tuve que salir a buscar un trabajo de tiempo completo. Uno de mis amigos trabajaba en Clarín, que en ese momento era Ciudad Internet: ellos daban dial up, que era conexión de internet mediante teléfono. Estaba esta oportunidad que estaban tomando muchos diseñadores, así que tuve que hacer un curso acelerado, porque yo era diseñador gráfico, nunca había hecho nada de digital. Así que todo lo que tuvo que ver con lo digital fue en Clarín, fue una época donde Clarín no la tenía ni ahí, no tenía nada, estaba empezando. Arranqué ahí en tiempos donde todos estaban aprendiendo, donde empleados, jefes y superiores aprendían al mismo tiempo y donde no había un rumbo claro.
-Eso es llamativo, estudiaste diseño gráfico y ahora sos dueño de Thet Studio, que es una agencia creativa enfocada en la comunicación digital.
-Sí, nada que ver. Igual, el arte está muy presente en la agencia. Hay dos elementos que tienen que ver con la cultura Thet, porque sentimos que la agencia tiene una cultura: por un lado, la música y por el otro el arte. Estamos muy metidos en todo eso, nos identifica. De hecho, creo que la dinámica de trabajo que tenemos en el estudio es parecida a la de una banda, en el sentido que funcionamos muy bien como conjunto.
-Otro punto de relación entre Thet Studio y la música fue la aplicación que desarrollaron para la banda Carajo, la primera en su tipo en el país. ¿Cómo surgió la idea?
-La iniciativa fue de ellos, todo el tiempo queriendo ofrecer cosas nuevas. En este caso empezamos a trabajar hace seis o siete años, ellos nos llaman porque estaban en una compañía multinacional, Universal Music, y habían sacado un disco nuevo que para ellos era el mejor del mundo, pero que estaba siendo relegado ante otras bandas. El cantante de la banda, Marcelo Corvalán, me llamó con la idea. En cierto punto la aplicación es un punto de convergencia entre el diseño digital y mi pasión por el rock.
-Por último, ¿qué mensaje le darías a los jóvenes coreanos de la colectividad?
-Lo primero, saber de dónde venimos para saber hacia dónde vamos. Conocer nuestras raíces y tomar las cosas buenas, que son muchas. En mi caso me costó bastante, pero fue fundamental para mi crecimiento profesional. Segundo, perseguir nuestros sueños e intentar cumplirlos. Suena cursi, pero es real. No hay nada más maravilloso que la satisfacción de hacer algo que nos apasiona. Tratar de "negociar" los mandatos familiares. A la larga elegir una carrera por obligación no nos hará felices. Y por último, los dejo con dos frases de grandes maestros que tuve en la vida: "Encerar mano izquierda. Pulir mano derecha", del Señor Miyagi, y "Juntar piedras, mañana ser una gran montaña", de Chanam Kim, que es mi viejo.
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